Mi barrio está cambiando (La Fugitiva)

La semana pasada caminaba a mediodía, en dirección opuesta a la acostumbrada. Me detuve en un café pequeñito, expuesto a la calle, con la mitad de la barra en la banqueta. Una novedad: hace poco ocupaba este local una refaccionaria automotriz. Ahora hay un cartel con la silueta de una mujer que recuerda las novelas de Chandler, y una foto de Agustín Lara sentado al piano. Un silloncito rojo y un macetón con un arbolito rompen la grisura del asfalto. Se ofrecen baguettes, café y jugos de frutas.

Como necesitaba comer algo, pregunté por las baguettes. Qué sorpresa: blue cheese, Brie, queso de cabra, berenjenas, hojas tiernas de lechuga… El joven que me atiende toma nota de que llevo un tomo de Chéjov, y me habla de Anna Karenina y su amor desdichado, mientras pasa frente a nosotros una muchacha trans de anchos hombros, cadera estrecha y pelo negro larguísimo, brillante.

¿Desde cuándo en este barrio transparencias de organdí? ¿Desde cuándo, la fugitiva sensación/ de un beso que no ha de volver?  

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Mi barrio está cambiando (La Fugitiva)

Tiempo seco

Primavera tóxica. Nos movemos con pesadumbre bajo una nube parduzca de humo y polvo, porque la mitad de la ciudad está en obra. Demoliciones de edificios viejos, construcción de edificios nuevos. Túneles y puentes para los coches, estas máquinas del demonio que arruinan cualquier paisaje. Y en esta época del año no llueve, ni soplan vientos que se lleven la basura a otra parte.

Apenas alcanzo a ver alguna estrella. Abajo no hay sino tierra seca y hierba sedienta. Pero me consuelan, de madrugada, las frondas de los fresnos y el vocerío de los pájaros, suspendidos entre el esmog y el asfalto, sobreviviendo.

Tiempo seco

Escribir es una verdadera fiesta, Ray Bradbury — Calle del Orco

El año en que dejé la escuela secundaria en Los Ángeles adopté para el resto de mi vida el régimen de escribir un cuento por semana. Yo sabía que sin cantidad no podía haber calidad. Sentía que mis cuentos de esa época eran tan malos que sólo la práctica podría despejar los tratos viejos de […]

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Escribir es una verdadera fiesta, Ray Bradbury — Calle del Orco

Meditación

¿Cuántos ángeles danzantes caben en la punta de un alfiler?

Esta frase la he oído citar muchas veces, como ejemplo de las cuestiones fantásticas que ocupaban a los filósofos cristianos de la Edad Media. Hace unas horas me planteaba yo la misma pregunta.

Hoy no salí de madrugada. Me quedé en casa, muy quieta, escuchando el rumor del aire en mis pulmones. Y me pregunté lo mismo. ¿Quiénes, qué cosas caben en la punta…? Es que centrar la atención en la respiración es como sostenerse en equilibrio en la punta de un alfiler por un instante, y de nuevo al siguiente, y cada uno es el único, sin que importen el anterior ni el que vendrá –  Si amplío mi foco de atención e incluyo el paisaje sonoro o la presión de mi cuerpo contra el suelo, ya no es uno sino dos o tres- ¿qué? –

Me gusta, pensar en ángeles danzantes.

Meditación

El cazador de ardillas

Suele caminar por aquí un perro mestizo que lleva un paliacate al cuello. Se sienta, muy quieto, con las orejas enhiestas y el hocico atento, mirando las copas de los árboles. De pronto corre, trepa por un tronco como si quisiera ser un gato, y cae al suelo desde un par de metros. Vuelve a su puesto, busca una nueva presa, repite su salto. La ardilla lo mira desde una rama más alta.

Nunca la atrapa, ¡pero qué contento está!

El cazador de ardillas

Corona radiata

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Caminar hasta que salga el sol. Hoy veo en el cielo nubes altísimas en hilos gris plata muy finos, que me recuerdan por su forma esas imágenes coloridas en las que los tractos cerebrales parecen ramajes, remolinos o torrentes, porque se han obtenido en vivo, registrando la difusión de las moléculas de agua a lo largo de la fibra nerviosa. Una corona interior dibujada en moléculas de agua, como las que componen las nubes inmensas.

Regreso a casa a plena luz, muy contenta de llevar dentro de mí algo de esa enorme vibración celeste.

 

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Corona radiata

Celajes

Un amanecer de nubes brillantes. Fluyen muy despacio hacia el norte, mientras sus colores viran del rojo fuego al naranja, del dorado con luces verde tierno al gris pálido. Cuántos años hará que no veo en mi ciudad un aire tan claro, un celaje tan espléndido.

Camino entre árboles chaparros, por el sendero de tierra cubierta de hojas secas que prefieren quienes van con perros. Pero hoy no encuentro a nadie. No están ni el gitano de las jaurías ni la dama de negro, ni esa joven delgada y ágil que deja sueltos a sus animales en esta zona del parque, segura de que le bastará con un gesto, una orden a media voz, para  hacerlos volver y estarse quietos. Sopla un viento frío, y el suelo se contagia del color extraño de las nubes.

Regreso por el otro sendero. A medio camino veo tendido sobre los adoquines un gorrión muerto, intacto y delicadísimo, como recién caído de una rama. Lo escondo entre ramitas y hojas, al pie de un árbol.

 

Celajes